lunes, 17 de diciembre de 2018

Niño Camina 15 kilometros diarios para ir a la escuela

El protagonista de esta historia vive en El Cedrito, un lejano caserío del estado venezolano de Miranda. Como el transporte público es deficiente, producto de la severa crisis por la que atraviesa ese país, ir al colegio implica para él, que es un niño de 8 años, hacer un recorrido tortuoso. Ahora está de vacaciones y sus tardes son de fútbol. A veces se va la luz en casa, pero a eso se acostumbró ya.



Los zapatos deportivos de Carlos están gastados. No sabe desde cuándo los tiene, pero cree que desde hace dos años. Se le han ido ensuciando poco a poco de tanto jugar fútbol en una cancha de tierra que queda diagonal a su casa, cruzando una angosta calle de asfalto que atraviesa El Cedrito, un caserío del estado Miranda, en Venezuela. Los zapatos eran blancos, pero se volvieron pardos, y todavía le sirven para correr hasta cansarse.
Esos los usa ahora, que está de vacaciones, para patear un balón prestado en las tardes de fútbol; porque para ir a la escuela se pone otros: unos mocasines que también están descoloridos y deteriorados; tanto, que el que corresponde a su pie derecho tiene un hueco por el que se le sale el dedo gordo.
Llegar al salón de clases implica una larga faena en compañía su hermana Cristina, de 13 años. Ella ya se acostumbró, pero él, más pequeño, de apenas 8, aún no. Se agota: camina por kilómetros y espera por horas. Es parte de su rutina. Llegar a la escuela es un viaje por escalas.


Carrera contra el tiempo

Entre El Cedrito y Santiago de León, donde queda la escuela de Carlos, hay tres kilómetros. Al lado de una caseta está la parada de autobuses, en la que se sientan él, Cristina y su mamá, luego de salir de su casa a las 5:30 de la mañana.
Como casi nunca pasan los carros, les toca caminar las curvas descendentes hasta llegar a la parada. Es un trayecto que recorren bajo la luz del sol naciente, y que suelen terminar aproximadamente en una hora.
—Si no nos dan un aventón, hay que devolverse —les advierte Carolina, su madre, cuando corren los minutos y no pasan los buses ni algún carro particular que les haga el favor de llevarlos hasta la siguiente parada. Implica una distancia de 5 kilómetros, así que esperan. Solo si consigue quien los traslade, la madre les da la bendición y los encomienda a Dios para que lleguen sin contratiempos.


Al llegar allí aguardan por una camionetica, que también se tarda en pasar. Es la que los lleva 7 kilómetros más allá. Es un recorrido de 20 minutos por la carretera vieja Petare—Guarenas, hasta el barrio La Comunidad, donde queda el colegio.
Es una carrera contra el tiempo. Caminan a paso apresurado porque si llegan tarde, después de las 8:00 de la mañana, les toca devolverse: la directiva del colegio niega la entrada a los estudiantes que llegan demorados. No les queda más que echarse a andar, de vuelta, los 15 kilómetros y medio hasta El Cedrito.
Texto: Andrea Tosa / Fotos: Régulo Gómez / Vía La Vida de Nos

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