lunes, 17 de diciembre de 2018

El SEBIN la detuvo 2 años por error

Andrea González estuvo 2 años, 4 meses y 6 días presa por un crimen que no cometió. Entró a prisión con 29 años y salió con 31. Entró siendo repostera y salió como ex presa política. Entró con ganas de emigrar, y salió con ganas de quedarse en su país.
Cuando el nuevo comisario permitió abrir la ventana de la celda, Andrea González dormía. Ese día durmió hasta tarde, mientras la brisa ventilaba los 50 metros cuadrados que compartía con 31 mujeres más. Habían pasado ocho meses. Ya no dormía en el piso, sino en litera. Ese día durmió más. Quizá también durmió mejor.

Se despertó exaltada.
—Abrieron la ventana, Andrea.
Andrea corrió y se paró sobre la punta de sus dedos, frente a aquel hueco enrejado de pocos centímetros. Sintió la brisa, olió la calle. Era la brisa de la tarde, a punto de anochecer. La brisa de la mañana y la de la tarde huelen distintas.
Lloró inconsolablemente. Después de ocho meses presa por un crimen que no cometió, por fin sentía la brisa.
Era lunes, 17 de agosto de 2015, cuando funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia (policía política del régimen venezolano) tocaron la puerta del apartamento de Andrea. Ella seguía en pijamas. Le pidieron que los acompañara al Helicoide (sede de ese cuerpo de seguridad) y rindiera una declaración sobre el asesinato de su amiga Liana Hergueta, a quien el 7 de agosto habían encontrado desmembrada dentro de un auto. A ella le pareció un procedimiento normal. Iría, declararía y regresaría a casa. Se cambió de ropa. Se despidió de Danny, su novio de entonces, y se fue.
En el auto, los funcionarios susurraban entre ellos, la veían de reojo. ¿Acaso sabían lo que le esperaba? ¿O solo lo sabía José Pérez Venta, el patriota cooperante que mató a Liana Hergueta y acusó a Andrea de querer asesinar a la hija de Diosdado Cabello, entonces presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela?
Una reja separa el estacionamiento del Helicoide del resto de la comunidad de Roca Tarpeya. Luego, dentro, una puerta blindada separa el estacionamiento de las celdas. Separa también la vida, los planes, de los gritos, la rabia.
Esa tarde Andrea llamó a Danny para que la buscara. Pero, hasta el 23 de diciembre de 2017, ninguno de los dos salió de las instalaciones policiales.
Los brazos de la abuela
Un profundo y triste aislamiento de más de 10 días precedió el cambio a la celda grande. Ese día, cuando se incorporó al grupo de presas, Andrea supo que no saldría pronto de ahí. Y lloró cada día, hasta que su cuerpo empezó a apagarse.
—Andrea, sal, sal —le gritaron otros presos.
Estaba bañándose, pero se envolvió en una toalla y corrió. Desde la ventana, vio a su abuela, Alexandra Jukisz.
Andrea y Alejandra, su hermana, fueron criadas por su abuela. Primero en San Antonio de los Altos (a unos veinte kilómetros de Caracas) y luego en Tenerife, España. Pero cuando Andrea cumplió la mayoría de edad, regresó a Venezuela a retomar un amor adolescente, mientras su hermana y su abuela se quedaron en España. Cuando cayó presa, todos consideraron que lo mejor era que su hermana no viajara a Venezuela, así que la señora Alexandra no dudó en hacerlo.
Pasó casi tres meses tratando de ver a Andrea. La amenaza de la nieta de suicidarse provocó que los custodios les permitieran verse de lejos.
—Hija, yo te voy a ver. Yo te voy a ver —le gritaba.
Día tras día lloraban, a varios metros de distancia. Hasta que al fin pudieron abrazarse. Era 17 de noviembre.
—Mi chiquitica, mi bebé. Yo quisiera quedarme aquí y quedarme por ti, para que no estés ni un momento más aquí adentro —decía la abuela mientras la arrullaba. La voz de Andrea se quiebra al recordarlo.

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